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Se cumplen 40 años de la muerte de Louis Armstrong

Les dejo una nota que no tiene desperdicio sacada de la Revista Ñ del Diario Clarín de Argentina escrita por Sergio Pujol en conmemoración a los 40 año de la muerte de Louis Armstrong

Por Sergio Pujo – Revista Ñ

Se cumplen 40 años de la muerte de Louis Armstrong, uno de los mayores revolucionarios de la historia del jazz. Una vida tan ilustre como polémica que resuena más allá de los discos.

Los adoradores de Louis Armstrong (Nueva Orleans, 4 de agosto de 1901–Nueva York, 6 de julio de 1971) sabemos esperar. Sabemos que su música ya no se propaga como en otros tiempos. Que difícilmente los improvisadores contemporáneos lo mencionen entre sus influencias. Que, salvo Wynton Marsalis y Nicholas Payton, dos armstrongnianos incondicionales, los trompetistas de estos días adoran a Miles Davis, acaso sin saber que Miles Davis adoraba a Satchmo. Es lógico que esto suceda, siendo el jazz un género de tantas vicisitudes estilísticas. Al fin y al cabo, estamos hablando de alguien que murió hace 40 años, nació hace 110 y dejó de innovar hace 83, si bien esto último –sostenido por varios críticos que no ven progresos en Armstrong después sus discos con los Hot Five y los Hot Seven–, es tema opinable.

Pero la verdad es que nunca pasa mucho tiempo sin que Satchmo vuelva a estar en agenda. En 1979, en una memorable escena de Manhattan, el personaje de Woody Allen enumeraba las cosas por las que valía la pena estar vivo: por ahí andaba, en honorable compañía, el “Potato Head Blues”. Ocho años más tarde, fue la banda sonora de Buenos días, Vietnam (Barry Levinson, 1987) la que se acordó de Armstrong: quizá alguien quiso saber, a partir de la empalagosa “What a wonderful world”, algo más sobre su intérprete. En 2008, el simpático Wall-E (Andrew Stanton, 2008) compactaba basura en un planeta Tierra abandonado por los humanos cuando de pronto se encendió “La vie en rose” en la versión de Armstrong. ¡Gracias Pixar por elegir esa grabación para representar lo humano! O un plus de lo humano, en realidad: la música de Louis Armstrong constituye una de las pocas hazañas artísticas del siglo XX a la que bien le cabe la temeraria calificación de genial.

En un rango de recepción más acotado, algunos datos recientes también hablan de un cierto interés por volver a Satchmo, o “Pops”, como preferían llamarlo sus vecinos de Queens. Justamente, en el barrio de Corona, Queens, la vivienda de Louis y Lucille ha sido convertida en el Louis Armstrong House Museum. Situada en el corazón de la colectividad latina de Nueva York, la casa pronto tendrá un auditorio anexo para que la recordación sea lo más completa posible.

Por supuesto, las grabaciones de Armstrong se reeditan permanentemente. Cuando se cumplió el centenario de su natalicio, hubo lluvia de reediciones; muchas de ellas aún se consiguen, amén de las que se agregaron más tarde, como la del entrañable Ambassador Satch (gira europea de 1955) y la del encuentro de Louis con Ella Fitzgerald. Tampoco se queda atrás la bibliografía. En 2009 nos llevamos una grata sorpresa con Pops. A life of Louis Armstrong , la excelente biografía de Terry Teachout, bastante superior a las que unos años antes habían escrito James Lincoln Collier y Laurence Bergreen. En todo caso, esa vida sigue siendo materia atrayente para una narrativa que fluctúa entre la leyenda y la historiografía, sin poder anclar aun en la versión definitiva. Por suerte.

Los primeros 26 años de la vida de Louis Armstrong –en 1927 se convirtió en figura en todos los Estados Unidos– están signados por uno de los grandes enigmas de la historia de la música: ¿qué conjunto de factores coadyuvó en la forja de tamaño artista? De origen muy humilde –padre ausente, madre prostituta, barrio de emergencia, etc.–, Satchmo se veía a sí mismo como un trabajador del espectáculo, si bien la tesis de que carecía de conciencia artística es falaz. Sucede que, por entonces, el jazz era un género inalienable de su función bailable. El arte llegaba por añadidura, pero generalmente llegaba. Abundan datos sobre la autoestima con la que Satchmo evaluaba sus habilidades interpretativas, partiendo de modelos inequívocamente “artísticos”, como los divos del canto lírico a los que escuchaba con un entusiasmo comparable al que profesaba por su maestro King Oliver.

Contra lo que siempre se afirmó livianamente, hay que recordar que Satchmo leía partituras: aprendió de chico en el Colored Waif’s Home for Boys de Nueva Orleans –orfanato al que fue confinado a los 12 años, después de un confuso episodio con un revólver–, se profesionalizó con Fat Marable y se perfeccionó al lado de su segunda esposa, la influyente Lili Hardin. En una época en la que los trompetistas evitaban tocar en tonalidades difíciles para los instrumentos de viento, Armstrong se desplazaba con relativa facilidad por otros ámbitos. No debiera entonces llamar la atención que en varios de sus solos se escuchen notas del “Intermezzo sinfónico” de Cavallería Rusticana . Tampoco debiera sorprender que la célebre cadencia inicial de “West End blues” sea florida como el bel canto de una soprano y espléndida como las partes de trompeta solista de las marchas de Philip de Sousa. Por último, para no sobreabundar en ejemplos, cabe agregar que en la grabación de 1930 de “Dinah” el trompetista cita, dentro de su solo, compases combinados de Rigoletto , la “Marcha del Himno Nacional”, de Eugene Bagley, y “My Hero”, de Oscar Strauss. Armstrong era una enciclopedia de melodías universales.

Todo esto, a la par de su frenesí jazzístico , claro está. Frenesí que los músicos de su primera gran orquesta solían llamar “fucking rhythm” , aludiendo al sentido sexual que Satchmo parecía darle a su música. Eso le venía del blues , pero él lo convirtió en algo más potente aún. En ese sentido, James Brown fue hijo cultural de Louis Armstrong: ambos se definieron como “máquinas sexuales” –expresión idiosincrásica de Brown– con las lógicas diferencias de contexto de época. En Armstrong, la exaltación de la masculinidad se contrabalanceó con la forma romántica de las melodías, salvo cuando de su voz salían términos del slang que rozaban lo prohibido. Tanto el “doble sentido” de lo sexual como el humor de tono escatológico eran elementos muy frecuentes en su repertorio. Esa voz y esa trompeta le daban entidad al otro americano. De haberle prestado atención, el teórico ruso Mijail Bajtín habría encontrado en Armstrong preciosos ejemplos para su teoría de la carnavalización y la cultura popular.

El mundo del espectáculo entendió rápidamente el costado más sexual de Armstrong y lo llevó al estereotipo de lo fálico en ese corto de Betty Boop en el que un Satchmo caníbal persigue a la flapper con el propósito de someterla sexualmente. Es una representación netamente racista, desde luego, que parece referir a las escenas más abominables de El nacimiento de una nación de D.W. Griffith (1915). Pero Armstrong no era un sujeto totalmente pasivo en la representación. Su música estaba construida sobre un imaginario muy inquietante. El lo sabía perfectamente; esa era, en parte, su estrategia para que la voz del negro se hiciera oír, tanto dentro como fuera del gueto. Su música generaba alegría y miedo por igual.

Pero la complejidad del hijo pródigo de Nueva Orleans impide descartar rápidamente tanto la idea del buen salvaje que conmovió a golpe de ritmo los estamentos de la música occidental como la del virtuoso trompetista que buscó integrarse a una tradición. “Shakespeare inventó a Calibán, ¿pero quién demonios inventó a Louis?”, se preguntó el novelista Ralph Ellison. Es una pregunta pertinente. El impacto que produjo el joven Armstrong y que lo convirtió muy tempranamente en el ídolo de los músicos de jazz de su generación tenía la forma de una subversión sonora de tipo unipersonal.

En 1923, King Oliver le encargó la segunda trompeta de su banda, pero pronto el discípulo desplazó al maestro, dejando a este en una situación muy incómoda. Cuando Armstrong ingresó en la orquesta de Fletcher Henderson en Nueva York, su manera de improvisar no sólo cambio el sonido de una formación de baile hasta ese momento bastante anodina sino también la dirección del jazz orquestal en su conjunto, sentando así las bases del estilo swing que dominaría, con el propio trompetista a la cabeza, toda la década de los 30. El hombre era un terremoto.

Bondadoso y honrado como nadie, Armstrong no podía empero ocultar un defecto, o acaso una cualidad en los términos muchas veces pugilísticos con los que se presenta el jazz : su competitividad excesiva, que llegó a mal disponerlo con todo a aquel que rivalizara con su talento. A su viejo amigo, el notable pianista Earl Hines, llegó a criticarlo por egocéntrico. Las veces que grabó con el clarinetista Sidney Bechet se lo notó algo tenso. A Henry Allen, un notable trompetista, lo contrató para su orquesta de finales de los 30, pero sin asignarle solos. Compartió una jam session con Bix Beiderbecke, al que elogió muchísimo…, cuando este había muerto hacía tiempo. De Dizzy Gillespie no dijo cosas muy lindas y Dizzy nunca lo reivindicó lo suficiente, aunque hicieron las paces sobre el final de la vida de Satchmo.

En realidad, estas rispideces dan la clave del genio de Armstrong: la glorificación del solista. De ingenio inagotable, capaz de sumar coro tras coro en un crescendo que solía rubricar con notas sobreagudas –el do superior repetido era su tour de force –, Satchmo hizo de un folclore regional un arte nacional, llevándolo luego a Europa y desde allí al resto del mundo (anduvo por la Argentina en 1957). Pero esa operación no hubiera tenido toda su importancia de no ser acompañada de una gran definición: la figura del solista que improvisa un paso al frente de sus compañeros.

Basta con ver las películas de sus conciertos con los All Stars, la banda que lo acompañó entre 1947 y el final de su vida, para entender cómo interactuaba Armstrong con el resto de los músicos. Al comienzo permanecía juiciosamente en la línea de los vientos, a la par del trombón y el clarinete. Pero una vez tocada su primera improvisación –la primera siempre era la melodía del tema con un fraseo diferente–, ya nada volvía a ser como antes. Armstrong se expresaba de manera tan brillante, con un timbre y un fraseo tan originales, que luego era imposible reconstruir la textura polifónica del origen. En cierto modo, cada una de sus actuaciones era una teatralización de la historia del jazz , yendo de la improvisación colectiva a la improvisación solista a través de un poder de persuasión que refundaba todo lo que tocaba. Y todo lo que cantaba: ¿hace falta puntualizar que el canto jazzístico nació con el scat de Louis Armstrong? Aun los estilos de jazz más alejados del suyo le deben esta proeza de individuación del músico negro en una sociedad racista, aunque no todos lo entendieron así. En los años 50 y 60 se alzaron voces de protesta contra el tipo de imagen que, según se decía, él había colaborado a instalar. Lo acusaron de haber asumido pasivamente el rol de Tío Tom; de haber congelado en su rostro una sonrisa de genuflexión, de postración frente al amo blanco, después de haber usado por algún tiempo el taparrabo del caníbal. Los roles que Hollywood, ese amigo falluto del jazz , le asignó fueron siempre en esa dirección: el bueno de Satchmo estaba ahí para divertir a los criados o para despertar la simpatía paternalista del galán o de la heroína del filme. Sus papeles: brujo de la tribu, ladrón de gallinas, lustrabotas, cuidador de caballos y, en el mejor de los casos, un músico de variedades. Nunca tuvo el cartel de Bing Crosby ni de Frank Sinatra. Hacia el final de su vida, batió records con el disco “Hello Dolly”, la única canción de los 60 que pudo quebrar, por unos meses, la hegemonía de Los Beatles, si bien en la película homónima, que tan bien se aprovechó del disco precedente, Armstrong sólo apareció 4 minutos al lado de la protagonista Barbra Streisand.

¿Debió acaso rebelarse contra esas formas menos groseras de discriminación con la misma vehemencia con la que en 1954 enfrentó verbalmente al presidente Eisenhower, acusándolo de complicidad con el racismo sudista? ¿Acaso la carnavalesca de los primeros años debió dar paso a una actitud más arrogante y orgullosa? Pero ¿qué otra cosa hubiera podido hacer con su imagen una estrella negra –acaso la primera, después del barítono Paul Robeson– crecida en los EE.UU. previos a las grandes luchas por los Derechos Civiles? Con el tiempo, los cuestionamientos se fueron apagando; hoy nos llegan como testimonios de una grandeza titánica, la propia de alguien al que todo se le pedía, como si de un dios se tratara. Un dios con incontables creyentes, en todas partes, en todos los géneros. Cuenta Teachout en su libro que, en una oportunidad, Herbert von Karajan, famoso por su metrónomo interno, le dijo exultante a los músicos de la Filarmónica de Viena: “Esta noche voy a escuchar a Louis Armstrong y sus All Stars. ¡Imagínense! Dos horas seguidas con una música que jamás se acelera o retarda por error”.

Transposición en instrumentos de vientos

Muchas veces recibo mails y comentarios sobre como es el manejo o porque es el manejo de los diferentes saxos y sus respectivas afinaciones; o sea, porque los saxos y/o la mayoría de los instrumentos de vientos son instrumentos transpositores.

La explicación simple es para que todos lleguemos en el registro de alguna obra sin salirnos demasiado del pentagrama, pero hay una explicación un poco mas extensa, pero clara que nos puede ayudar a todos para tenerla como referencia.

Lo que sigue a continuación es parte del texto de este enlace (archivo PDF) donde nos explica con un poco de detalle los porque y los como de la trasnposición en los instrumentos de viento.

Transposición a primera vista

Desde el barroco hasta mediados del siglo XX, la transposición a primera vista de partituras más o menos sencillas era un ítem prácticamente obligatorio dentro del aprendizaje de un instrumento, especialmente del piano.

El alumno resolvía esta dificultad técnica mediante el adiestramiento en la lectura de las claves en distintas alturas: en vez de conocer sólo la clave de sol en segunda línea y de fa en cuarta línea, el alumno también debía aprender a leer a primera vista en clave de do en cuarta línea (también llamada clave de tenor, que es la que usan a veces el violonchelo, el fagot, el contrafagot y el trombón) y en clave de do en tercera línea (que utiliza la viola).

De esta manera la primera línea (contando desde abajo hacia arriba) que corresponde al re en clave de do en cuarta línea, equivale al mi en clave de sol, al fa en clave de do en tercera línea y al sol en clave de fa.

Eso le daba al músico un gran entrenamiento para visualizar distintas nomenclaturas de notas en el mismo pentagrama, habilidad básica para transponer a primera vista.

Instrumentos transpositores

Instrumentos cuyos sonidos escritos son diferentes de sus sonidos reales. A exepción de aquellos cuyos sonidos escritos y reales difieren por una o más octavas (generalmente para evitar la utilización de multiples líneas adicionales), la mayoría de estos instrumentos se identifican por medio del nombre de la nota de su fundamental, p.ej.: trompeta en sib.
El nombre identifica la nota que suena cuando se toca un do escrito.

Este método se emplea mucho para instrumentos de viento como el clarinete en si bemol, cuyos tonos naturales son los armónicos de si bemol. Puesto que para el ejecutante de este instrumento si bemol es la clave más sencilla, se ha vuelto común presentar esa clave al ejecutante en la notación más sencilla, o sea do mayor.

La notación de tranportación data de los tiempos en que se disponía únicamente de tonos naturales en algunos instrumentos.

Ejemplo: Las trompas antiguas estaban comúnmente en tonos de fa, mi, mi bemol, si bemol, y do, y desde que las únicas notas disponibles eran esas en las series armónicas de uno de esos tonos, no había habilidad de tocar en diferentes tonos.

Si la música cambiaba de tonalidad, el músico debía, en teoría, de cambiar a una trompa adecuada.

Con la introducción de pistones en los comienzos del siglo XIX, todos los instrumentos pudieron ser ya tocados en cualquier clave. Sin embargo, la notación de tranportación es muchísimo más conveniente para el ejecutante, puesto que la digitación correspondiente a cualquier nota escrita sigue siendo la misma, p.ej., en la trompeta en si bemol que en la trompeta en do.

Casi todos los instrumentos de viento no afinados en do son de transportación, exepto los trombones, los cuales, aunque afinados en mi bemol, si bemol etc., se escriben como suenan.
ejemplo un corno inglés ejecuta a una quinta más grave de lo escrito: de esta manera, si el cornista lee un sol4, oprimirá la combinación de teclas que por ejemplo en un oboe (que no es instrumento transpositor) generaría el sol4, pero en cambio el corno inglés emitirá un do4
Entonces en los manuales de orquestación.

Para ampliar mas la información, con detalles y ejemplos, pueden hacerlo bajando el PDF que se encuentra en este enlace

Murio George David Weiss

Para aquellos que no lo conozcan si deben conocer ese temita que tan familiar se nos hace de la mano del trompetistas y cantante Louis Armstrong (What a wonderful world).

George David Weiss, es quien compuso temas como ese y muchos mas!.

El artista, quien ganó popularidad tanto por su trabajo como compositor de varios musicales en Broadway, murió por causas naturales.

Harlem recupera una colección invaluable de discos de jazz

Colección de casi mil discos con grabaciones inéditas de actuaciones en directo de grandes iconos del jazz, como Billie Holiday o Ella Fitzgerald, y mantenida en secreto durante cerca de 70 años, se ha convertido en la joya más preciada del Museo Nacional del Jazz de Harlem en Nueva York.

“Tiene un valor incalculable. ¿Se puede poner precio a una estatua de un faraón de la que sólo existe un ejemplar? No”, aseguró a Efe el director del museo, Loren Schoenberg, el responsable de su rescate después de años tras la colección.

Jazz HarlemCon su llegada al barrio de Nueva York donde se gestaron variantes del jazz como el sonido bebop y se pasearon intérpretes como Charlie Parker (1920-1955), Harlem recupera un material básico para conocer la historia de la música nacida a finales del siglo XIX en Luisiana en el seno de las comunidades afroamericanas.

La enigmática recopilación, que comprende más cien horas de música en directo, fue confeccionada entre 1935 y 1941 por el ingeniero de sonido William Savory, quien, aprovechando los recursos técnicos de su trabajo, grabó actuaciones únicas de los grandes nombres de la era dorada del jazz.

La colección de Savory fue durante años una obsesión para el director del Museo Nacional de Jazz de Harlem, quien supo de su existencia en 1980 cuando, trabajando para el clarinetista Benny Goodman (1909-1986), conoció al ingeniero.

Savory mantuvo sus grabaciones escondidas y sólo él pudo disfrutar de las actuaciones exclusivas y “jam sessions” que los mejores intérpretes del género musical hicieron en diferentes locales de Estados Unidos.

“Cada día, durante 20 años, le pedí que me dejara escucharla, pero nunca me lo permitió” explicó a Efe el propio Schoenberg, quien aseguró que durante años Savory fue el único afortunado que pudo deleitarse con la música de primeras figuras del jazz como Artie Shaw (1910-2004) o Lionel Hampton (1908- 2002).

Tras la muerte del ingeniero en 2004, Schoenberg, que también es pianista y saxofonista, empezó una intensa búsqueda para contactar con el hijo de Savory, y cumplir, por fin, el deseo que durante tiempo le había negado el propietario de la colección.

El pasado abril Schoenberg consiguió no sólo escuchar parte de los casi mil discos sino que convenció al heredero de Savory, que vive en Chicago (Illinois), para que vendiera la colección al museo neoyorquino.

Para Schoenberg, que durante años creyó que la compilación simplemente contenía algunas grabaciones de Goodman, es difícil elegir una actuación.

Sin embargo, no dudó en calificar de “desgarradora” la interpretación de Billie Holiday (1915-1959) de “Strange Fruit”, una canción sobre los linchamientos a los que eran sometidos los afroamericanos en el sur de E.U.

Cantada en directo por la también conocida como “Lady Day”, esa pieza -que fue escogida por la revista Time en 1999 como la mejor canción del siglo XX- resulta una melodía “realmente triste”, según explicó Schoenberg.

Otra de las “perlas” de la colección es la versión que el saxofonista Coleman Hawkins (1904-1969) hace en 1940 del clásico “Body and Soul”, escrito en 1930 e interpretado en otras ocasiones por Ella Fitzgerald, Frank Sinatra y Carly Simon.

El propio Hawkins se había atrevido antes con ella en 1939, aunque en la versión incluida en la colección Savory el saxofonista juega con la melodía durante seis minutos de grabación, toca cinco coros diferentes y sobrepasa en genialidad a la versión anterior.

La libertad de la que disfrutaron los artistas durante esas actuaciones en directo dio como resultado auténticas rarezas, joyas musicales repletas de improvisaciones que difícilmente se pueden encontrar en grabaciones más convencionales.

Las grabaciones de Savory servirán además para reconstruir la historia del jazz, ya que contienen fragmentos únicos de las actuaciones que Cound Basie y Stuff Smith realizaron en 1938 en el Carnival of Swing, en la isla de Randalls (Nueva York), considerado el primer festival dedicado al género al aire libre, y del que hasta ahora se creía que no había sobrevivido evidencia musical alguna.

La colección, que se está sometiendo a un proceso de digitalización que llevará al menos un año, podrá ser disfrutada a partir de septiembre por los amantes del jazz en una serie de veladas musicales que se celebrarán cada jueves y sábado en el museo neoyorquino.

Por el momento, el museo ha colgado en su web los fragmentos de ocho temas de la colección.

Fuente: www.informador.com.mx

El controlador con doble slide: Un extraño viento electrónico

Sonaría un tanto banal decir que la tecnología avanza a pasos agigantados, cuando la realidad demuestra que el progreso proviene de la creatividad humana al punto tal, que en ciertos ejemplos genera más asombro que muchos cambios tecnológicos.
Es el caso que se produjo en el certamen llamado: Guthman Musical Instrument Competition – GTCMT. Donde el compositor e investigador Tomás Henriques, creó el “Double Slide Controller”, este instrumento mezcla software musical, tecnologías de sensores, y la flexibilidad de las manos para generar sonidos ricos y complejos.
Sin más palabras… vean y escuchen: